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martes, 23 de octubre de 2012

Poesía Sembrando

De aquel rincón bañado por los fulgores
del sol que nuestro cielo triunfante llena;
de la florida tierra donde entre flores
se deslizó mi infancia dulce y serena;
envuelto en los recuerdos de mi pasado,
borroso cual lo lejos del horizonte,
guardo el extraño ejemplo, nunca olvidado,
del sembrador más raro que hubo en el monte.

Aún no se si era sabio, loco o prudente
aquel hombre que humilde traje vestía;
sólo sé que al mirarle toda la gente
con profundo respeto se descubría.
Y es que acaso su gesto severo y noble
a todos asombraba por lo arrogante:
¡hasta los leñadores mirando al roble
sienten las majestades de lo gigante!

Una tarde de otoño subí a la sierra
y al sembrador, sembrando, miré risueño;
¡desde que existen hombres sobre la tierra
nunca se ha trabajado con tanto empeño!
Quise saber, curioso, lo que el demente
sembraba en la montaña sola y bravía;
el infeliz oyóme benignamente
y me dijo con honda melancolía:
—Siembro robles y pinos y sicomoros;
quiero llenar de frondas esta ladera,
quiero que otros disfruten de los tesoros
que darán estas plantas cuando yo muera.

—¿Por qué tantos afanes en la jornada
sin buscar recompensa?— dije. Y el loco
murmuró, con las manos sobre la azada:
—«Acaso tú imagines que me equivoco;
acaso, por ser niño, te asombre mucho
el soberano impulso que mi alma enciende;
por los que no trabajan, trabajo y lucho;
si el mundo no lo sabe, ¡Dios me comprende!

»Hoy es el egoísmo torpe maestro
a quien rendimos culto de varios modos:
si rezamos, pedimos sólo el pan nuestro.
¡Nunca al cielo pedimos pan para todos!
En la propia miseria los ojos fijos,
buscamos las riquezas que nos convienen
y todo lo arrostramos por nuestros hijos.
¿Es que los demás padres hijos no tienen?…
Vivimos siendo hermanos sólo en el nombre
y, en las guerras brutales con sed de robo,
hay siempre un fratricida dentro del hombre,
y el hombre para el hombre siempre es un lobo.

»Por eso cuando al mundo, triste, contemplo,
yo me afano y me impongo ruda tarea
y sé que vale mucho mi pobre ejemplo
aunque pobre y humilde parezca y sea.
¡Hay que luchar por todos los que no luchan!
¡Hay que pedir por todos los que no imploran!
¡Hay que hacer que nos oigan los que no escuchan!
¡Hay que llorar por todos los que no lloran!
Hay que ser cual abejas que en la colmena
fabrican para todos dulces panales.
Hay que ser como el agua que va serena
brindando al mundo entero frescos raudales.
Hay que imitar al viento, que siembra flores
lo mismo en la montaña que en la llanura,
y hay que vivir la vida sembrando amores,
con la vista y el alma siempre en la altura».

Dijo el loco, y con noble melancolía
por las breñas del monte siguió trepando,
y al perderse en las sombras, aún repetía:
—«¡Hay que vivir sembrando! ¡Siempre sembrando!

RAFAEL BLANCO BELMONTE

Poesía el Seminarista de los Ojos Negros

Desde la ventana de un casucho viejo
abierta en verano, cerrada en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientas la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello,
y que por la espalda casi roza el suelo.

Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.
Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.

Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste; rezando y cosiendo
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros;
cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
marciales arreos.

Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla: —¡Te quiero!, ¡te quiero!,
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.

En una lluviosa mañana de inverno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
por la angosta calle pasaba un entierro.

Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos
los seminaristas iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio
como por las tardes al ir de paseo.

La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos…
tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos…
el seminarista de los ojos negros.

Corriendo los años, pasó mucho tiempo…
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.

Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros…

¿Dónde estás señor? Poesía contra las adicciones

¿DONDE ESTAS ?…
Te grité aquella mañana
temblando de dolor … desesperado
y mi tristeza se elevó hecha grito
en la tranquila paz de tu Sagrario .

¿DONDE ESTAS ?..
Volví a gritar con voz más fuerte
quebradas las barreras de mi llanto
¡No puedo soportar este silencio !
¿DÓNDE ESTAS MI SEÑOR !…
¡Te estoy buscando!

“¡AQUÍ ESTOY !…
gritaste en mi conciencia……
y un mendigo cubierto con harapos
me vino a visitar en mis recuerdos
cargando su silencio resignado…
En su mano tendida había trizteza
en su mirada mucho de cansancio
caminando las calles de la vida
¡Cuántas veces sin verlo lo he cruzado !

“¡AQUÍ ESTOY !”…
repetiste con voz firme
y recordé aquel niño abandonado
que acurrucado en el banco de una plaza
encontré esta mañana tiritando…
Aunque era un niño descubrí en sus ojos
la dolida mirada de un anciano
cansado ya de haberlo visto todo
aunque había vivido pocos años .

“¡AQUÍ ESTOY !”..
y recordé de pronto
el andar vacilante del borracho
que con paso inseguro por las calles
andaba su bochorno y su cansancio .

“¡AQUÍ ESTOY !”…
y vino a mi memoria
la mirada perdida del muchacho
que buscaba en el mundo de las drogas
las sensaciones que aún no había encontrado

“¡AQUÍ !”…dijiste y yo cerré mis ojos
recordando los ojos de cansancio
de aquella prostituta que en las noches
traficaba su cuerpo manoseado .

“¡AQUÍ !”…agregaste y recordé al hambriento
revolviendo los tachos del mercado
buscando mitigar su hambre de siglos
en los restos que otros hombres despreciaron.

“¡AQUÍ!”..gritaste y vino a mi memoria
la cama del enfermo abandonado …
el jadeante respirar del perseguido
el llanto sordo del desheredado…
La vergüenza de los hijos naturales
el estéril clamor del condenado
que fueron de los vientres arrancados.

“¿DÓNDE ESTOY has venido a preguntarme?
¡AQUÍ ESTOY !…en el dolor de tus hermanos.

¡Deja de contentarte, reviviendo
en los artísticos cuadros mi calvario !
Yo cargo con dolor todos los días,
la dura cruz de los desheredados,
continúo sufriendo en los que sufren
y en su sangre me sigo desangrando…”

“¡Quita mi imagen de la cruz que llevas,
de las imágenes sin vida estoy cansado!

¡Cansado estoy del arte de los hombres
que al mundo siempre me han mostrado!
Yo acepté libremente mi designio
y a la cruz fui a morir enamorado.
¡Pero he resucitado al tercer día
y entre mi gente sigo caminando!”

“¡Yo no soy un pedazo de madera
ni una estatua de yeso coloreado !
Yo vivo en el dolor y el sufrimiento
de aquellos que los hombres marginaron!
andando los caminos de esta vida
revivo día a día mi calvario
¡Mil veces me torturan y me matan
en el diario sufrir de tus hermanos !”
“ También estoy aquí…dentro del templo
en donde ésta mañana me has buscado,
pero es hora que aprendas a encontrarme
en los que viven su Vía Crucis a tu lado…

Cuando me hayas encontrado en cada uno
y en ellos … viéndome me hayas amado…
puedes buscarme aquí…ten bien seguro…

Que en el Sagrario
siempre te estaré ESPERANDO”

Sin yugos y sin cadenas, poesía contra la pobreza

Los pobres olemos mal, a sudor y a hierbárajos,
Pero abra un rico en canal, ese si apesta carajo,
Olemos por encimita, pero tenemos decencia,
Pero al rico toditita, le rehiede la conciencia.

Cuando yo digo decencia, no es esa mal entendida,
Si me presta su paciencia, se la dejo bien sabida.
A mi modo de pensar, no es decencia el buen vestir,
Ni andar oliendo a jazmín, ni lo por fuera hermosear.

De que sirve presumir, con trapos caros y finos,
Y saludos repartir, tan falsos y tan ladinos.
Esa es costrita delgada, que se desprende solita,
No aguanta ni una lavada, de agua dulce o saladita.

Por eso al decir decencia, se bien lo que estoy diciendo,
En el alma esta la esencia, no en andar presumiendo.
Mire una mano de obrero o una mano campesina,
Tara vacía de dinero, pero jamás asesina.

Puede mirarlo de frente, y sostener su mirada,
Y podrá decir la gente, ese no ha robado nada.
¿Qué si tenemos derecho?, Eso si hay que discutirlo,
Si nos falta pan y techo, pos vamos a conseguirlo.

Como ahora lo vera, si no es que estoy aturdido,
Las cuestiones andan mal, porque vivimos vendidos.
Aparte de tener penas, ¿Los pobres que mas tenemos?
Kilómetros de cadenas, traemos desde que nacemos.

Y si los ricos tiene pan, abrigo y comodidades,
Por las buenas no las dan, hay que ver las realidades.
Si hay pobres para tirar, y ellos son un puñadito,
Es si como frente al mar, apareciera un charquito.

Nada tenemos que perder, nada que valga la pena,
Solo luchando he de romper, de mis pies estas cadenas.
Creo que ahora si se aclaro, este pensamiento mío,
Lo que el rico nos robo, regresara aunque tardío.

Todo rifle proletario con un buen apuntador,
Debe tener en la mira siempre a algún un explotador,
Y la soga campesina debe estar alrededor,
Del cuello latifundista que asesina al labrador.

Estos e llama justicia, Mírelo de donde lo mire,
Pa´ acabar con la avaricia: Tire, Tire, Tire…

JOSE DE MOLINA

Poesía El mapa de Juan Bañuelos

El mapa

He mirado la patria largamente.

Se le nota tristeza hasta en el mapa.

Las personas mayores nos explican

que es libre, sin acecho atentísimo de zarpas.

Y a punto estuve de quedarme ciego

porque a la patria la oscurecen llagas,

la pisan botas, se le cierran puertas:

necesaria prisión con calles vigiladas.

Con el sudor de todos levantamos la espera,

pues no hay dolor que dure lo que dura una mancha.

Que sabemos de noches, de sentencias, amigos,

pero también sabemos que llega la mañana.

Despertemos, seamos el metal derretido,

lo que quiera la sed, la tierra trabajada,

lo que quieran las piedras, la sencillez del huerto,

lo que pidan las llamas,

en fin -al fin- la piel abierta en surco.

He visto largamente el mapa.

Pensé en mis hijos. Duele. Y eran todos los niños.

Fui deletreando el nombre de la patria

mientras buscaba dónde, dónde poner los ojos.

Y recordé de pronto algo que sangra:

Mexicano de tierra ensalinada,

desollado haraposo,

comedor de la noche y de las hojas,

catástrofe de costa a costa,

ando buscando a un pueblo,

ando buscando a un pueblo.

Habla.

Poema de Rosario Castellanos, Lo cotidiano

LO COTIDIANO

Para el amor no hay cielo, amor, sólo este día;
este cabello triste que se cae
cuando te estás peinando ante el espejo.
Esos túneles largos
que se atraviesan con jadeo y asfixia,
las paredes sin ojos,
el hueco que resuena
de alguna voz oculta y sin sentido.

Para el amor no hay tregua, amor. La noche
no se vuelve, de pronto, respirable.
Y cuando un astro rompe sus cadenas
y lo ves zigzaguear, loco, y perderse,
no por ello la ley suelta sus garfios.
El encuentro es a oscuras. En el beso se mezcla
el sabor de las lágrimas.
Y en el abrazo ciñes
el recuerdo de aquella orfandad, de aquella muerte.

    Poema Piedra del Sol de Octavio Paz

    PIEDRA DE SOL

      La treizième revient...c’est encor la première;
      et c’est toujours la seule-ou c’est le seul moment;
      car es-tu reine, ô toi, la première ou dernière?
      es-tu roi, toi le seul ou le dernier amant?
      Gérard de Nerval, Arthèmis

    Un sauce de cristal, un chopo de agua,
    un alto surtidor que el viento arquea,
    un árbol bien plantado mas danzante,
    un caminar de río que se curva,
    avanza, retrocede, da un rodeo
    y llega siempre:
                          un caminar tranquilo
    de estrella o primavera sin premura,
    agua que con los párpados cerrados
    mana toda la noche profecías,
    unánime presencia en oleaje,
    ola tras ola hasta cubrirlo todo,
    verde soberanía sin ocaso
    como el deslumbramiento de las alas
    cuando se abren en mitad del cielo,

    un caminar entre las espesuras
    de los días futuros y el aciago
    fulgor de la desdicha como un ave
    petrificando el bosque con su canto
    y las felicidades inminentes
    entre las ramas que se desvanecen,
    horas de luz que pican ya los pájaros,
    presagios que se escapan de la mano,

    una presencia como un canto súbito,
    como el viento cantando en el incendio,
    una mirada que sostiene en vilo
    al mundo con sus mares y sus montes,
    cuerpo de luz filtrado por un ágata,
    piernas de luz, vientre de luz, bahías,
    roca solar, cuerpo color de nube,
    color de día rápido que salta,
    la hora centellea y tiene cuerpo,
    el mundo ya es visible por tu cuerpo,
    es transparente por tu transparencia,

    voy entre galerías de sonidos,
    fluyo entre las presencias resonantes,
    voy por las transparencias como un ciego,
    un reflejo me borra, nazco en otro,
    oh bosque de pilares encantados,
    bajo los arcos de la luz penetro
    los corredores de un otoño diáfano,

    voy por tu cuerpo como por el mundo,
    tu vientre es una plaza soleada,
    tus pechos dos iglesias donde oficia
    la sangre sus misterios paralelos,
    mis miradas te cubren como yedra,
    eres una ciudad que el mar asedia,
    una muralla que la luz divide
    en dos mitades de color durazno,
    un paraje de sal, rocas y pájaros
    bajo la ley del mediodía absorto,

    vestida del color de mis deseos
    como mi pensamiento vas desnuda,
    voy por tus ojos como por el agua,
    los tigres beben sueño de esos ojos,
    el colibrí se quema en esas llamas,
    voy por tu frente como por la luna,
    como la nube por tu pensamiento,
    voy por tu vientre como por tus sueños,

    tu falda de maíz ondula y canta,
    tu falda de cristal, tu falda de agua,
    tus labios, tus cabellos, tus miradas,
    toda la noche llueves, todo el día
    abres mi pecho con tus dedos de agua,
    cierras mis ojos con tu boca de agua,
    sobre mis huesos llueves, en mi pecho
    hunde raíces de agua un árbol líquido,

    voy por tu talle como por un río,
    voy por tu cuerpo como por un bosque,
    como por un sendero en la montaña
    que en un abismo brusco se termina
    voy por tus pensamientos afilados
    y a la salida de tu blanca frente
    mi sombra despeñada se destroza,
    recojo mis fragmentos uno a uno
    y prosigo sin cuerpo, busco a tientas,

    corredores sin fin de la memoria,
    puertas abiertas a un salón vacío
    donde se pudren todos lo veranos,
    las joyas de la sed arden al fondo,
    rostro desvanecido al recordarlo,
    mano que se deshace si la toco,
    cabelleras de arañas en tumulto
    sobre sonrisas de hace muchos años,

    a la salida de mi frente busco,
    busco sin encontrar, busco un instante,
    un rostro de relámpago y tormenta
    corriendo entre los árboles nocturnos,
    rostro de lluvia en un jardín a obscuras,
    agua tenaz que fluye a mi costado,

    busco sin encontrar, escribo a solas,
    no hay nadie, cae el día, cae el año,
    caigo en el instante, caigo al fondo,
    invisible camino sobre espejos
    que repiten mi imagen destrozada,
    piso días, instantes caminados,
    piso los pensamientos de mi sombra,
    piso mi sombra en busca de un instante,

    busco una fecha viva como un pájaro,
    busco el sol de las cinco de la tarde
    templado por los muros de tezontle:
    la hora maduraba sus racimos
    y al abrirse salían las muchachas
    de su entraña rosada y se esparcían
    por los patios de piedra del colegio,
    alta como el otoño caminaba
    envuelta por la luz bajo la arcada
    y el espacio al ceñirla la vestía
    de un piel más dorada y transparente,

    tigre color de luz, pardo venado
    por los alrededores de la noche,
    entrevista muchacha reclinada
    en los balcones verdes de la lluvia,
    adolescente rostro innumerable,
    he olvidado tu nombre, Melusina,
    Laura, Isabel, Perséfona, María,
    tienes todos los rostros y ninguno,
    eres todas las horas y ninguna,
    te pareces al árbol y a la nube,
    eres todos los pájaros y un astro,
    te pareces al filo de la espada
    y a la copa de sangre del verdugo,
    yedra ue avanza, envuelve y desarraiga
    al alma y la divide de sí misma,
    escritura de fuego sobre el jade,
    grieta en la roca, reina de serpientes,
    columna de vapor, fuente en la peña,
    circo lunar, peñasco de las águilas,
    grano de anís, espina diminuta
    y mortal que da penas inmortales,
    pastora de los valles submarinos
    y guardiana del valle de los muertos,
    liana que cuelga del cantil del vértigo,
    enredadera, planta venenosa,
    flor de resurrección, uva de vida,
    señora de la flauta y del relámpago,
    terraza del jazmín, sal en la herida,
    ramo de rosas para el fusilado,
    nieve en agosto, luna del patíbulo,
    escritura del mar sobre el basalto,
    escritura del viento en el desierto,
    testamento del sol, granada, espiga,

    rostro de llamas, rostro devorado,
    adolescente rostro perseguido
    años fantasmas, días circulares
    que dan al mismo patio, al mismo muro,
    arde el instante y son un solo rostro
    los sucesivos rostros de la llama,
    todos los nombres son un solo nombre
    todos los rostros son un solo rostro,
    todos los siglos son un solo instante
    y por todos los siglos de los siglos
    cierra el paso al futuro un par de ojos,

    no hay nada frente a mí, sólo un instante
    rescatado esta noche, contra un sueño
    de ayuntadas imágenes soñado,
    duramente esculpido contra el sueño,
    arrancado a la nada de esta noche,
    a pulso levantado letra a letra,
    mientras afuera el tiempo se desboca
    y golpea las puertas de mi alma
    el mundo con su horario carnicero,

    sólo un instante mientras las ciudades,
    los nombres, lo sabores, lo vivido,
    se desmoronan en mi frente ciega,
    mientras la pesadumbre de la noche
    mi pensamiento humilla y mi esqueleto,
    y mi sangre camina más despacio
    y mis dientes se aflojan y mis ojos
    se nublan y los días y los años
    sus horrores vacíos acumulan,

    mientras el tiempo cierra su abanico
    y no hay nada detrás de sus imágenes
    el instante se abisma y sobrenada
    rodeado de muerte, amenazado
    por la noche y su lúgubre bostezo,
    amenazado por la algarabía
    de la muerte vivaz y enmascarada
    el instante se abisma y se penetra,
    como un puño se cierra, como un fruto
    que madura hacia dentro de sí mismo
    y a sí mismo se bebe y se derrama
    el instante translúcido se cierra
    y madura hacia dentro, echa raíces,
    crece dentro de mí, me ocupa todo,
    me expulsa su follaje delirante,
    mis pensamientos sólo son su pájaros,
    su mercurio circula por mis venas,
    árbol mental, frutos sabor de tiempo,

    oh vida por vivir y ya vivida,
    tiempo que vuelve en una marejada
    y se retira sin volver el rostro,
    lo que pasó no fue pero está siendo
    y silenciosamente desemboca
    en otro instante que se desvanece:

    frente a la tarde de salitre y piedra
    armada de navajas invisibles
    una roja escritura indescifrable
    escribes en mi piel y esas heridas
    como un traje de llamas me recubren,
    ardo sin consumirme, busco el agua
    y en tus ojos no hay agua, son de piedra,
    y tus pechos, tu vientre, tus caderas
    son de piedra, tu boca sabe a polvo,
    tu boca sabe a tiempo emponzoñado,
    tu cuerpo sabe a pozo sin salida,
    pasadizo de espejos que repiten
    los ojos del sediento, pasadizo
    que vuelve siempre al punto de partida,
    y tú me llevas ciego de la mano
    por esas galerías obstinadas
    hacia el centro del círculo y te yergues
    como un fulgor que se congela en hacha,
    como luz que desuella, fascinante
    como el cadalso para el condenado,
    flexible como el látigo y esbelta
    como un arma gemela de la luna,
    y tus palabras afiladas cavan
    mi pecho y me despueblan y vacían,
    uno a uno me arrancas los recuerdos,
    he olvidado mi nombre, mis amigos
    gruñen entre los cerdos o se pudren
    comidos por el sol en un barranco,

    no hay nada en mí sino una larga herida,
    una oquedad que ya nadie recorre,
    presente sin ventanas, pensamiento
    que vuelve, se repite, se refleja
    y se pierde en su misma transparencia,
    conciencia traspasada por un ojo
    que se mira mirarse hasta anegarse
    de claridad:
                    yo vi tu atroz escama,
    Melusina, brillar verdosa al alba,
    dormías enroscada entre las sábanas
    y al despertar gritaste como un pájaro
    y caíste sin fin, quebrada y blanca,
    nada quedó de ti sino tu grito,
    y al cabo de los siglos me descubro
    con tos y mala vista, barajando
    viejas fotos:
                    no hay nadie, no eres nadie,
    un montón de ceniza y una escoba,
    un cuchillo mellado y un plumero,
    un pellejo colgado de unos huesos,
    un racimo ya seco, un hoyo negro
    y en el fondo del hoyo los dos ojos
    de una niña ahogada hace mil años,

    miradas enterradas en un pozo,
    miradas que nos ven desde el principio,
    mirada niña de la madre vieja
    que ve en el hijo grande un padre joven,
    mirada madre de la niña sola
    que ve en el padre grande un hijo niño,
    miradas que nos miran desde el fondo
    de la vida y son trampas de la muerte
    —¿o es al revés: caer en esos ojos
    es volver a la vida verdadera?,

    ¡caer, volver, soñarme y que me sueñen
    otros ojos futuros, otra vida,
    otras nubes, morirme de otra muerte!
    —esta noche me basta, y este instante
    que no acaba de abrirse y revelarme
    dónde estuve, quién fui, cómo te llamas,
    cómo me llamo yo:
                                ¿hacía planes
    para el verano —y todos los veranos—
    en Christopher Street, hace diez años,
    con Filis que tenía dos hoyuelos
    donde bebían luz los gorriones?,
    ¿por la Reforma Carmen me decía
    "no pesa el aire, aquí siempre es octubre",
    o se lo dijo a otro que he perdido
    o yo lo invento y nadie me lo ha dicho?,
    ¿caminé por la noche de Oaxaca,
    inmensa y verdinegra como un árbol,
    hablando solo como el viento loco
    y al llegar a mi cuarto —siempre un cuarto—
    no me reconocieron los espejos?,
    ¿desde el hotel Vernet vimos al alba
    bailar con los castaños — "ya es muy tarde"
    decías al peinarte y yo veía
    manchas en la pared, sin decir nada?,
    ¿subimos juntos a la torre, vimos
    caer la tarde desde el arrecife?
    ¿comimos uvas en Bidart?, ¿compramos
    gardenias en Perote?,
                                    nombres, sitios,
    calles y calles, rostros, plazas, calles,
    estaciones, un parque, cuartos solos,
    manchas en la pared, alguien se peina,
    alguien canta a mi lado, alguien se viste,
    cuartos, lugares, calles, nombres, cuartos,

    Madrid, 1937,
    en la Plaza del Ángel las mujeres
    cosían y cantaban con sus hijos,
    después sonó la alarma y hubo gritos,
    casas arrodilladas en el polvo,
    torres hendidas, frentes esculpidas
    y el huracán de los motores, fijo:
    los dos se desnudaron y se amaron
    por defender nuestra porción eterna,
    nuestra ración de tiempo y paraíso,
    tocar nuestra raíz y recobrarnos,
    recobrar nuestra herencia arrebatada
    por ladrones de vida hace mil siglos,
    los dos se desnudaron y besaron
    porque las desnudeces enlazadas
    saltan el tiempo y son invulnerables,
    nada las toca, vuelven al principio,
    no hay tú ni yo, mañana, ayer ni nombres,
    verdad de dos en sólo un cuerpo y alma,
    oh ser total...
                        cuartos a la deriva
    entre ciudades que se van a pique,
    cuartos y calles, nombres como heridas,
    el cuarto con ventanas a otros cuartos
    con el mismo papel descolorido
    donde un hombre en camisa lee el periódico
    o plancha una mujer; el cuarto claro
    que visitan las ramas de un durazno;
    el otro cuarto: afuera siempre llueve
    y hay un patio y tres niños oxidados;
    cuartos que son navíos que se mecen
    en un golfo de luz; o submarinos:
    el silencio se esparce en olas verdes,
    todo lo que tocamos fosforece;
    mausoleos de lujo, ya roídos
    los retratos, raídos los tapetes;
    trampas, celdas, cavernas encantadas,
    pajareras y cuartos numerados,
    todos se transfiguran, todos vuelan,
    cada moldura es nube, cada puerta
    da al mar, al campo, al aire, cada mesa
    es un festín; cerrados como conchas
    el tiempo inútilmente los asedia,
    no hay tiempo ya, ni muro: ¡espacio, espacio,
    abre la mano, coge esta riqueza,
    corta los frutos, come de la vida,
    tiéndete al pie del árbol, bebe el agua!,

    todo se transfigura y es sagrado,
    es el centro del mundo cada cuarto,
    es la primera noche, el primer día,
    el mundo nace cuando dos se besan,
    gota de luz de entrañas transparentes
    el cuarto como un fruto se entreabre
    o estalla como un astro taciturno
    y las leyes comidas de ratones,
    las rejas de los bancos y las cárceles,
    las rejas de papel, las alambradas,
    los timbres y las púas y los pinchos,
    el sermón monocorde ede las armas,
    el escorpión meloso y con bonete,
    el tigre con chistera, presidente
    del Club Vegetariano y la Cruz Roja,
    el burro pedagogo, el cocodrilo
    metido a redentor, padre de pueblos,
    el Jefe, el tiburón, el arquitecto
    del porvenir, el cerdo uniformado,
    el hijo pedilecto de la Iglesia
    que se lava la negra dentadura
    con el agua bendita y toma clases
    de inglés y democracia, las paredes
    invisibles, las máscaras podridas
    que dividen al hombe de los hombres,
    al hombre de sí mismo,
                                    se derrumban
    por un instante inmenso y vislumbramos
    nuestra unidad perdida, el desamparo
    que es ser hombres, la gloria que es ser hombres
    y compartir el pan, el sol, la muerte,
    el olvidado asombro de estar vivos;

    amar es combatir, si dos se besan
    el mundo cambia, encarnan los deseos,
    el pensamiento encarna, brotan las alas
    en las espaldas del esclavo, el mundo
    es real y tangible, el vino es vino,
    el pan vuelve a saber, el agua es agua,
    amar es combatir, es abrir puertas,
    dejar de ser fantasma con un número
    a perpetua cadena condenado
    por un amo sin rostro;
                                    el mundo cambia
    si dos se miran y se reconocen,
    amar es desnudarse de los nombres:
    "déjame ser tu puta", son palabras
    de Eloísa, mas él cedió a las leyes,
    la tomó por esposa y como premio
    lo castraron después;
                                    mejor el crimen,
    los amantes suicidas, el incesto
    de los hermanos como dos espejos
    enamorados de su semejanza,
    mejor comer el pan envenenado,
    el adulterio en lechos de ceniza,
    los amores feroces, el delirio,
    su yedra ponzoñosa, el sodomita
    que lleva por clavel en la solapa
    un gargajo, mejor ser lapidado
    en las plazas que dar vuelta a la noria
    que exprime la substancia de la vida,
    cambia la eternidad en horas huecas,
    los minutos en cárceles, el tiempo
    en monedas de cobre y mierda abstracta;

    mejor la castidad, flor invisible
    que se mece en los tallos del silencio,
    el difícil diamante de los santos
    que filtra los deseos, sacia al tiempo,
    nupcias de la quietud y el movimiento,
    canta la soledad en su corola,
    pétalo de cristal en cada hora,
    el mundo se despoja de sus máscaras
    y en su centro, vibrante transparencia,
    lo que llamamos Dios, el ser sin nombre,
    se contempla en la nada, el ser sin rostro
    emerge de sí mismo, sol de soles,
    plenitud de presencias y de nombres;

    sigo mi desvarío, cuartos, calles,
    camino a tientas por los corredores
    del tiempo y subo y bajo sus peldaños
    y sus paredes palpo y no me muevo,
    vuelvo donde empecé, busco tu rostro,
    camino por las calles de mí mismo
    bajo un sol sin edad, y tú a mi lado
    caminas como un árbol, como un río
    caminas y me hablas como un río,
    creces como una espiga entre mis manos,
    lates como una ardilla entre mis manos,
    vuelas como mil pájaros, tu risa
    me ha cubierto de espumas, tu cabeza
    es un astro pequeño entre mis manos,
    el mundo reverdece si sonríes
    comiendo una naranja,
                                    el mundo cambia
    si dos, vertiginosos y enlazados,
    caen sobre las yerba: el cielo baja,
    los árboles ascienden, el espacio
    sólo es luz y silencio, sólo espacio
    abierto para el águila del ojo,
    pasa la blanca tribu de las nubes,
    rompe amarras el cuerpo, zarpa el alma,
    perdemos nuestros nombres y flotamos
    a la deriva entre el azul y el verde,
    tiempo total donde no pasa nada
    sino su propio transcurrir dichoso,

    no pasa nada, callas, parpadeas
    (silencio: cruzó un ángel este instante
    grande como la vida de cien soles),
    ¿no pasa nada, sólo un parpadeo?
    —y el festín, el destierro, el primer crimen,
    la quijada del asno, el ruido opaco
    y la mirada incrédula del muerto
    al caer en el llano ceniciento,
    Agamenón y su mugido inmenso
    y el repetido grito de Casandra
    más fuerte que los gritos de las olas,
    Sócrates en cadenas" (el sol nace,
    morir es despertar: "Critón, un gallo
    a Esculapio, ya sano de la vida"),
    el chacal que diserta entre las ruinas
    de Nínive, la sombra que vio Bruto
    antes de la batalla, Moctezuma
    en el lecho de espinas de su insomnio,
    el viaje en la carretera hacia la muerte
    —el viaje interminable mas contado
    por Robespierre minuto tras minuto,
    la mandíbula rota entre las manos—,
    Churruca en su barrica como un trono
    escarlata, los pasos ya contados
    de Lincoln al salir hacia el teatro,
    el estertor de Trotsky y sus quejidos
    de jabalí, Madero y su mirada
    que nadie contestó: ¿por qué me matan?,
    los carajos, los ayes, los silencios
    del criminal, el santo, el pobre diablo,
    cementerio de frases y de anécdotas
    que los perros retóricos escarban,
    el delirio, el relincho, el ruido obscuro
    que hacemos al morir y ese jadeo
    que la vida que nace y el sonido
    de huesos machacadosen la riña
    y la boca de espuma del profeta
    y su grito y el grito del verdugo
    y el grito de la víctima...
                                        son llamas
    los ojos y son llamas lo que miran,
    llama la oreja y el sonido llama,
    brasa los labios y tizón la lengua,
    el tacto y lo que toca, el pensamiento
    y lo pensado, llama el que lo piensa,
    todo se quema, el universo es llama,
    arde la misma nada que no es nada
    sino un pensar en llamas, al fin humo:
    no hay verdugo ni víctima...
                                            ¿y el grito
    en la tarde del viernes?, y el silencio
    que se cubre de signos, el silencio
    que dice sin decir, ¿no dice nada?,
    ¿no son nada los gritos de los hombres?,
    ¿no pasa nada cuando pasa el tiempo?

    —no pasa nada, sólo un parpadeo
    del sol, un movimiento apenas, nada,
    no hay redención, no vuelve atrás el tiempo,
    los muerto están fijos en su muerte
    y no pueden morirse de otra muerte,
    intocables, clavados en su gesto,
    desde su soledad, desde su muerte
    sin remedio nos miran sin mirarnos,
    su muerte ya es la estatua de su vida,
    un siempre estar ya nada para siempre,
    cada minuto es nada para simepre,
    un rey fantasma rige sus latidos
    y tu gesto final, tu dura máscara
    labra sobre tu rostro cambiante:
    el monumento somos de una vida
    ajena y no vivida, apenas nuestra,

    —¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?,
    ¿cuando somos de veras lo que somos?,
    bien mirado no somos, nunca somos
    a solas sino vértigo y vacío,
    muecas en el espejo, horror y vómito,
    nunca la vida es nuestra, es de los otros,
    la vida no es de nadie, todos somos
    la vida —pan de sol para los otros,
    los otros todos que nosotros somos—,
    soy otro cuando soy, los actos míos
    son más míos si son también de todos,
    para que pueda ser he de ser otro,
    salir de mí, buscarme entre los otros,
    los otros que no son si yo no existo,
    los otros que me dan plena existencia,
    no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,
    la vida es otra, siempre allá, más lejos,
    fuera de ti, de mí, siempre horizonte,
    vida que nos desvive y enajena,
    que nos inventa un rostro y lo desgasta,
    hambre de ser, oh muerte, pan de todos,

    Eloísa, Perséfona, María,
    muestra tu rostro al fin para que vea
    mi cara verdadera, la del otro,
    mi cara de nosotros siempre todos,
    cara de árbol y de panadero,
    de chófer y de nube y de marino,
    cara de sol y arroyo y Pedro y Pablo,
    cara de solitario colectivo,
    despiértame, ya nazco:
                                    vida y muerte
    pactan en ti, señora de la noche,
    torre de claridad, reina del alba,
    virgen lunar, madre del agua madre,
    cuerpo del mundo, casa de la muerte,
    caigo sin fin desde mi nacimiento,
    caigo en mí mismo sin tocar mi fondo,
    recógeme en tus ojos, junta el polvo
    disperso y reconcilia mis cenizas,
    ata mis huesos divididos, sopla
    sobre mi ser, entiérrame en tu tierra,
    tu silencio dé paz al pensamiento
    contra sí mismo airado;
                                    abre la mano,
    señora de semillas que son días,
    el día es inmortal, asciende, crece,
    acaba de nacer y nunca acaba,
    cada día es nacer, un nacimiento
    es cada amanecer y yo amanezco,
    amanecemos todos, amanece
    el sol cara de sol, Juan amanece
    con su cara de Juan cara de todos,

    puerta del ser, despiértame, amanece,
    déjame ver el rostro de este día,
    déjame ver el rostro de esta noche,
    todo se comunica y transfigura,
    arco de sangre, puente de latidos,
    llévame al otro lado de esta noche,
    adonde yo soy tú somos nosotros,
    al reino de pronombres enlazados,

    puerta del ser: abre tu ser, despierta,
    aprende a ser también, labra tu cara,
    trabaja tus facciones, ten un rostro
    para mirar mi rostro y que te mire,
    para mirar la vida hasta la muerte,
    rostro de mar, de pan, de roca y fuente,
    manantial que disuelve nuestros rostros
    en el rostro sin nombre, el ser sin rostro,
    indecible presencia de presencias...

    quiero seguir, ir más allá, y no puedo:
    se despeñó el instante en otro y otro,
    dormí sueños de piedra que no sueña
    y al cabo de los años como piedras
    oí cantar mi sangre encarcelada,
    con un rumor de luz el mar cantaba,
    una a una cedían las murallas,
    todas las puertas se desmoronaban
    y el sol entraba a saco por mi frente,
    despegaba mis párpados cerrados,
    desprendía mi ser de su envoltura,
    me arrancaba de mí, me separaba
    de mi bruto dormir siglos de piedra
    y su magia de espejos revivía
    un sauce de cristal, un chopo de agua,
    un alto surtidor que el viento arquea,
    un árbol bien plantado mas danzante,
    un caminar de río que se curva,
    avanza, retrocede, da un rodeo
    y llega siempre:

    Poema para el día de muertos - Nocturno difunto de Elías Nandino

    NOCTURNO DIFUNTO

    A la memoria de mi padre

    En vida nunca pude llevarme con mi padre.
    Cuando este murió, la muerte, milagrosamente,
    le dio vida dentro de mi corazón.

    Desde que despojado de tu cuerpo
    te escondiste en el aire,
    yo siento mi existencia más honda en el misterio,
    como si mis manos, alargadas por las tuyas
    inmensas en el cielo,
    en levantado avance
    ya tocaron la astronomía sin fin...
    Estoy como en los ríos
    que apesar de correr sumisos a su cauce,
    por su mortal marino abocamiento
    también están ligados
    a las aguas del mar donde se acendran.

    Por la ventana que al morir dejaste
    abierta en la penumbra,
    he podido mirar
    mi aventajada muerte
    persiguiendo tus huellas espaciales,
    y tengo la certeza de que me estoy rodando
    indeteniblemente
    en el hambre del vaso universal,
    igual que el humo libre que la atmósfera atrae
    y no puede, aunque quiera, regresarse a su lumbre.

    Estoy seguro de que cada día
    mi sangre que te busca, se evapora
    ganando altura transformada en nubes,
    y parte de mí
    ya vuela en el espacio, emparentada.

    Desde tu muerte, siento que te guardo
    como un lucero íntimo
    que medita en la noche de mi entraña,
    disuelto como el azúcar en el orbe líquido
    y que, muchas veces, te denuncias asomando
    tu espiritual dulzor en mi saliva amarga.

    Desde que tu voz, por el silencio amortaja,
    dejó de hablar para encender palomas
    sobre el árbol del viento, en que cantan
    con insepultos ecos
    la profunda madurez
    del idioma flotante de tu ausencia,
    yo palpo -al escuchar-
    el molde vivo que en el aire horada
    tu falta de materia, que es ternura
    siempre en acecho que acaricia y roba.

    Yo creo que tu cósmico deleite
    es atraerme a tu pasión de vuelo,
    a tu girar errante,
    porque ya tu misión es recoger
    esta fracción de ti que aún perdura
    en el fluvial ramaje de mis venas.

    No puedo definir dónde te encuentras,
    pero sí te adivino circundante
    en un arribo de alentada fuga,
    que exacerba mis ansias en un filial apego
    al resplandor sin luz de tus imanes.

    ¡Qué plenitud vacía
    te dibuja en el fondo de mis ojos
    que no te ven, pero que sí me permiten
    que hasta la fuente de mis sueños bajes
    y quedes a su impulso vinculado!

    ¡Cuánto tiempo de estar solo y contigo
    habitándome a solas,
    como la llama al fósforo en el letargo,
    o a la uva, el espíritu del vino!

    Yo soy una ambulante sepultura
    en que reposa tu fugitiva permanencia
    que me va madurando, lentamente,
    hasta que mi energía entumecida
    se adiestre en vuelo que recobre estrella.

    Inmerso en mi conciencia desarrollas
    un pensante silencio que se atreve
    a conversar sin mí. Yo lo descubro
    reviviendo recuerdos en mi oído:
    es como el nacimiento de sollozos
    que se produce cuando el agua cae
    sobre la carne viva de las brasas.

    Al derribarse tu estatura en polvo
    formaste la marea
    del vislumbre mortal que me obsesiona,
    y no hay sitio, temor, espera o duda
    en donde tú, como trasfondo en alba,
    no finques la silueta de tu amparo.

    En mi vigilia, a oscuras,
    como los ciegos sigo con el tacto
    los relieves que escribes en el papel nocturno,
    y los capto agitados en asedio amoroso:
    amor de un muerto que jamás olvida
    la sangre que ha dejado trasvasada.

    Yo quisiera que la imagen que de ti conservo
    se azogara la espalda,
    para mirar, siquiera unos instantes,
    cómo el deslinde al incolor procrea
    tu claridad auténtica de ángel.

    Poema Nocturno a la luna de Elías Nandino

    NOCTURNO A LA LUNA

    La luna, que brincó por la ventana,
    en el piso del cuarto se restira
    rebotando en el muro que la mira
    y, del rebote, la penumbra emana.

    Su luz, entre las sombras deshilvana
    un metálico brillo que delira,
    y el espejo sediento le suspira
    desde el rincón, como presencia humana.

    Perforada la sombra, se estremece,
    y el rayo de la luna me parece
    escalera pendiente de los cielos.

    Y asido a la visión que me rodea,
    el afán de mi alma se recrea
    al subir por el rayo sus anhelos.

    Poesía Puerto de Manuel Maples Arce

    PUERTO

    Llegaron nuestros pasos hasta la borda de la tarde;
    el Atlántico canta debajo de los muelles
    y presiento un reflejo de mujeres
    que sonríen al comercio
    de los países nuevos.

    El humo de los barcos
    desmadeja el paisaje;
    brumosa a travesía
    florecida de pipas.
    ¡Oh rubia transeúnte de las zonas marítimas,
    de pronto eres la imagen
    movible del acuario!

    Hay un tráfico ardiente de avenidas
    frente al hotel abanicado de palmeras.

    Te asomas por la celosía
    de las canciones
    al puerto palpitante de motores
    y los colores de la lejanía
    me miran en tus tiernos ojos.

    Entre las enredaderas venenosas
    que enmarañan el sueño
    recojo sus señales amorosas;
    la dicha nos espera
    en el alegre verano de sus besos;
    la arrodilla el océano de caricias,
    y el piano
    es una hamaca en la alameda.

    Se reúne la luna allá en los mástiles,
    y un viento de ceniza
    me arrebata tu nombre;
    la navegación agitada de pañuelos
    y los adioses surcan nuestros pechos,
    y en la débil memoria de todos estos goces
    sólo los pétalos de sus estremecimientos
    perfuman las orillas de la noche.

        Poemas interdictos, 1927

    Poesía a Veracruz

    VERACRUZ

    No: aquí la tierra triunfa y manda
    --caldo de tiburones a sus pies.
    Y entre arrecifres, últimas cimbres de la Atlántida,
    las esponjas de algas venenosas
    manchan de bilis verde que se torna violeta
    los lejos donde el mar cuelga el aire.

    Basta saber que nos guardan las espaldas:
    la ciudad sólo abre hacia la costa
    sus puertas de servicio.

    En el aburridero de los muelles,
    los mozos de cordel no son marítimos:
    carga en la bandeja del sombrero
    u sol de campo adentro:
    hombres color de hombre,
    que el sudor emparienta con el asno
    --y el equilibrio jarocho de los bustos,
    al peso de cívicas pistolas.

    Herón Proal, con manos juntas y ojos bajos,
    siembra la clerical cruzada de inquilinos;
    y las bandas de funcionarios en camisa
    sujetan el desborde de sus panzas
    con relumbrantes dentaduras de balas.

    Las sombras de los pájaros
    danzan sobre las plazas mal barridas.
    Hay aletazos en las torres altas.

    El mejor asesino del contorno,
    viejo y altivo, cuenta una proeza.
    Y un juchiteco, esclavo manumiso
    del fardo en que descansa,
    busca y recoge con el pie descalzo
    el cigarro que el sueño de la siesta
    le robó de la boca.

    Los Capitanes, como han visto tanto,
    disfrutan, si hablarse,
    los menjurjes de menta en los portales.
    Y todas las tormentas de las Islas Canarias,
    y el cabo Verde y sus faros de colores,
    y la tinta china del Mar Amarillo,
    y el Rojo entresoñado
    que el profeta judío parte en dos con la vara,
    y el Negro, donde nadan
    carabelas de cráneos de elefantes
    que bombean el Diluvio con la trompa,
    y el Mar de Azufre,
    donde perdieron cabellera, ceja y barba,
    y el de Azogue, que puso dientes de oro
    a la tripulación de piratas malayos,
    reviven el olor del alcohol de azúcar,
    y andan de mariposas prisioneras
    bajo el azul "quepi" de tres galones,
    mientras consume nubes de tifones
    la pipa de cerezo.

    La vecindad del mar queda abolida.
    Gañido errante de cobres y cornetas
    pasea en un tranvía.--
    Basta saber que nos guardan las espaldas.

    (Atrás, una ventana inmensa y verde...)
    El alcohol del sol pinta de azúcar
    los terrones fundentes de las casas.
    (...por donde echarse a nado).

    Miel de sudor, parentesco del asno,
    y hombres color de hombre
    conciertan otras leyes,
    en medio de las plazas donde vagan
    las sombras de los pájaros.

    Y sientes a la altura de tus sienes
    los ojos fijos de las viudas de guerra.

    Y yo te anuncio el ataque a los volcanes
    de la gente que está de espalda al mar:
    cuando los comedores de insectos
    ahuyenten las langostas con los pies
    --y en el silencia de las capitales
    se oirán venir pisadas de sandalias
    y el trueno de las flautas mexicanas.

    Poemas de Porfirio Barba Jacob, poeta mexicano

    (1883-1942)

    CANCIÓN DE LA VIDA PROFUNDA

            El hombre es cosa vana, variable y ondeante
            Montaigne
    Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,
    como las leves briznas al viento y al azar.
    Tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonríe.
    La vida es clara, undívaga y abierta como un mar.

    Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,
    como en abril el campo, que tiembla de pasión:
    bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
    el alma está brotando florestas de ilusión.

    Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos...
    -¡niñez en el crepúsculo!, ¡lagunas de zafir!-
    que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,
    y hasta las propias penas nos hacen sonreír.

    Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,
    como la entraña oscura de oscuro pedernal:
    la noche nos sorprende con sus profusas lámparas,
    en rútilas monedas tasando el Bien y el Mal.

    Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,
    que nos depara en vano la carne la mujer:
    tras un ceñir de talle y acariciar un seno,
    la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.

    Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
    como en las noche lúgubres el llanto del pinar.
    El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
    y acaso ni Dios mismo nos pueda consolar.

    Mas hay también ¡oh Tierra! un día... un día... un día
    en que levamos anclas para jamás volver...
    Un día en que discurren vientos ineluctables.
    ¡Un día en que ya nadie nos puede retener!

        Poemas intemporales, 1943
    ELEGÍA DE SEPTIEMBRE
            ¡Oh sol! ¡O mar! ¡Oh monte! ¡Oh humildes
            animalitos de los campos! Pongo a todos por
            testigos de esta realidad tremenda: He vivido.

            Main

    Cordero tranquilo, cordero que paces
    tu grama y ajustas tu ser a la eterna armonía:
    hundiendo en el lodo las plantas fugaces
    huí de mis campos feraces
    un día.

    Ruiseñor de la selva encantada
    que preludias el orto abrileño:
    a pesar de la fúnebre muerte y la sombra y la nada,
    yo tuve el ensueño.

    Sendero que vas del alcor campesino
    a perderte en la azul lontananza:
    los dioses me han hecho un regalo divino:
    la ardiente esperanza.

    Espiga que mecen los vientos, espiga
    que conjuntas el trigo dorado:
    al influjo de los soplos violentos,
    en las noches de amor, he temblado.

    Montaña que el sol transfigura,
    Tabor al febril mediodía,
    silente deidad en la noche estelífera y pura:
    ¡nadie supo en la tierra sombría
    mi dolor, mi temor, mi pavura!

    Y vosotros, rosal florecido,
    lebreles sin amo, luceros, corpúsculos,
    escuchadme esta cosa tremenda: ¡HE VIVIDO!
    He vivido con alma, con sangre, con nervios, con músculos,
    y voy al olvido...

        Poemas intemporales, 1943
    SABIDURÍA

    Nada a las fuerzas próvidas demando,
    pues mi propia virtud he comprendido.
    Me basta oír el perennal ruido
    que en la concha marina está sonando.

    Y un lecho duro y un ensueño blando;
    y ante la luz, en vela mi sentido
    para advertir la sombra que al olvido
    el ser impulsa y no sabemos cuándo...

    Fijar las lonas de mi móvil tienda
    junto a los calcinados precipicios
    de donde un soplo de misterio ascienda;

    y al amparo de númenes propicios,
    en dilatada soledad tremenda
    bruñir mi obra y cultivar mis vicios.

        Poemas intemporales, 1943

    LA ESTRELLA DE LA TARDE

    Un monte azul, un pájaro viajero,
    un roble, una llanura,
    un niño, una canción... Y, sin embargo,
    nada sabemos hoy, hermano mío.

    Bórranse los senderos en la sombra;
    el corazón del monte está cerrado;
    el perro del pastor trágicamente
    aúlla entre las hierbas del vallado.

    Apoya tu fatiga en mi fatiga,
    que yo mi pena apoyaré en tu pena,
    y llora, como yo, por el influjo
    de la tarde translúcida y serena.

    Nunca sabremos nada...

    ¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante,
    vago rumor de mares en zozobra,
    emoción desatada,
    quimeras vanas, ilusión sin obra?
    Hermano mío, en la inquietud constante,
    nunca sabremos nada...

    ¿En qué grutas de islas misteriosas
    arrullaron los Números tu sueño?
    ¿Quién me da los carbones irreales
    de mi ardiente pasión, y la resina
    que efunde en mis poemas su fragancia?

    ¿Qué voz suave, que ansiedad divina
    tiene en nuestra ansiedad su resonancia?

    Todo inquirir fracasa en el vacío,
    cual fracasan los bólidos nocturnos
    en el fondo del mar; toda pregunta
    vuelve a nosotros trémula y fallida,
    como del choque en el cantil fragoso
    la flecha por el arco despedida.

    Hermano mío, en el impulso errante,
    nunca sabremos nada...

            Y sin embargo...
    ¿Qué mística influencia
    vierte en nuestros dolores un bálsamo radiante?
    ¿Quién prende a nuestros hombros
    manto real de púrpuras gloriosas,
    y quién a nuestras llagas
    viene y las unge y las convierte en rosas?

    Tú, que sobre las hierbas reposabas
    de cara al cielo, dices de repente:
    -"La estrella de la tarde está encendida".
    Ávidos buscan su fulgor mis ojos
    a través de la bruma, y ascendemos
    por el hilo de luz...

                                           Un grillo canta
    en los repuestos musgos del cercado,
    y un incendio de estrellas se levanta
    en tu pecho, tranquilo ante la tarde,
    y en mi pecho en la tarde sosegado...

        Poemas intemporales, 1943

    EL CORAZÓN REBOSANTE

    El alma traigo ebria de aroma de rosales
    y del temblor extraño que dejan los caminos...
    A la luz de la luna las vacas maternales
    dirigen tras mi sombra sus ojos opalinos.

    Pasan con sencillez hacia la cumbre,
    rumiando simplemente las hierbas del vallado;
    o bien bajo los árboles con clara mansedumbre
    se aduermen al arrullo del aire sosegado.

    Y en la quietud augusta de la noche mirífica,
    como sutil caricia de trémulos pinceles,
    del cielo florecido la claridad magnífica
    fluye sobre la albura de sus lustrosas pieles.

    Y yo discurro en paz, y solamente pienso
    en la virtud sencilla que mi razón impetra;
    hasta que, en elación el ánimo suspenso,
    gozo la sencillez que viene y me penetra.

    Sencillez de las bestias sin culpa y sin resabio;
    sencillez de las aguas que apuran su corriente;
    sencillez de los árboles...¡Todo sencillo y sabio,
    Señor, y todo justo, y sobrio, y reverente!

    Cruzando las campiñas, tiemblo bajo la gracia
    de esta bondad augusta que me llena...
    ¡Oh dulzura de mieles! ¡Oh grito de eficacia!
    ¡Oh manos que vertisteis en mi espíritu
    la sagrada emoción de la noche serena!

    Como el varón que sabe la voz de las mujeres
    en celo, temblorosas cuando al amor incitan,
    yo sé la plenitud en que todos los seres
    viven de su virtud, y nada solicitan.

    Para seguir viviendo la vida que me resta
    haced mi voluntad templada, y fuerte y noble,
    oh virginales cedros de lírica floresta,
    oh próvidas campiñas, oh generoso roble.

    Y haced mi corazón fuerte como vosotros
    del monte en la frecuencia.
    Oh dulces animales que, no sabiendo nada,
    bajo la carne sabéis la antigua ciencia
    de estar oyendo siempre la soledad sagrada.

        Poemas intemporales, 1943

    ELEGÍA DE UN AZUL IMPOSIBLE

    ¡Oh sombra vaga, oh sombra de mi primera novia!
    Era como el convólvulo -la flor de los crepúsculos-,
    y era como las teresitas: azul crepuscular.
    nuestro amor semejaba paloma de la aldea,
    grato a todos los ojos y a todos familiar.

    En aquel pueblo, olían las brisas a azahar.

    Aún bañan, como a lampos, mi recuerdo:
    su cabellera rubia en el balcón,
    su linda hermana Julia,
    mi melodía incierta... y un lirio que me dio...
    y una noche de lágrimas...
    y una noche de estrellas
    fulgiendo en esas lágrimas en que moría yo...

    Francisco, hermano de ellas, Juan-de-Dios y Ricardo
    amaban con mi amor las músicas del río;
    las noches blancas, ceñidas de luceros;
    las noches negras, negras, ardidas de cocuyos;
    el son de las guitarras,
    y, entre quimeras blondas, el azahar volando...
    Todos teníamos novia
    y un lucero en el alba diáfana de las ideas.

    La Muerte horrible -¡un tajo silencioso!-
    tronchó la espiga en que granaba mi alegría:
    ¡murió mi madre!...La cabellera rubia de Teresa
    me iluminaba el llanto.

    Después... la vida... el tiempo... el mundo,
    ¡y al fin, mi amor desfalleció como un convólvulo!

    No ha mucho, una mañana, trajéronme una carta.
    ¡Era de Juan-de-Dios! Un poco acerba,
    ingenua, virilmente resignada;
    refería querellas
    del pueblo, de mi casa, de un amigo:
    "Se casó; ya está viejo y con seis hijos...
    La vida es triste y dura; sin embargo,
    se va viviendo... Ha muerto mucha gente:
    Don David... don Gregorio... Hay un colegio
    y hay toda una generación nueva.
    Como cuando te fuiste, hace veinte años,
    en este pueblo aún huelen las brisas a azahar..."

    ¡Oh Amor! Tu emblema sea el convólvulo,
    la flor de los crepúsculos!

        Poemas intemporales, 1943

    Poemas de Ramón López Velarde

    EL PIANO DE GENOVEVA

    Piano llorón de Genoveva, doliente piano 
    que en tus teclas resumes de la vida el arcano; 
    piano llorón, tus teclas son blancas y son negras, 
    como mis días negros, como mis blancas horas; 
    piano de Genoveva que en la alta noche lloras, 
    que hace muchos inviernos crueles que no te alegras: 
    tu música es historia de poéticos males, 
    habla de encantamientos y de princesas reales, 
    de los pequeños novios que por robar los nidos 
    una tarde nublada se quedaron perdidos 
    en el bosque; y nos cuenta de la niña agraciada 
    que recibió regalos de sus once madrinas, 
    que no invitó a la otra a sus bodas divinas 
    y que sufrió por ello los enojos del hada.

    Me pareces, ¡oh piano!, por tu voz lastimera, 
    una caja de lágrimas, y tu oscura madera 
    me evoca la visita del primer ataúd 
    que recibí en mi casa en plena juventud.

    Piano de Genoveva, te amo por indiscreto; 
    de tu alma a todo el mundo revelas el secreto; 
    cuentas, uno por uno, todos sus desengaños.

    Piano llorón, la hermosa más hermosa del valle, 
    se nos ha vuelto triste porque tiene treinta años 
    y no hay por todo el pueblo quien ronde por su calle.

    Genoveva, regálame tu amor crepuscular: 
    esos dulces treinta años yo los puedo adorar. 
    Ruégale tú que al menos, pobre piano llorón, 
    con sus plantas minúsculas me pise el corazón.

    Pluma y lápiz, 1912


    ELOGIO A FUENSANTA

    Tú no eres en mi huerto la pagana 
    rosa de los ardores juveniles; 
    te quise como a una dulce hermana

    y gozoso dejé mis quince abriles 
    cual un ramo de flores de pureza 
    entre tus manos blancas y gentiles.

    Humilde te ha rezado mi tristeza 
    como en los pobres templos parroquiales 
    el campesino ante la Virgen reza.

    Antífona es tu voz, y en los corales 
    de tu mística boca he descubierto 
    el sabor de los besos maternales.

    Tus ojos tristes, de mirar incierto, 
    recuérdanme dos lámparas prendidas 
    en la penumbra de un altar desierto.

    las palmas de tus manos son ungidas 
    por mí que provocando tus asombros 
    las beso en las ingratas despedidas.

    Soy débil, y al marchar por entre escombros 
    me dirige la fuerza de tu planta 
    y reclino las sienes en tus hombros.

    Nardo es tu cuerpo y su virtud es tanta 
    que en tus brazos beatíficos me duermo 
    como sobre los senos de una Santa.

    ¡Quién me otorgara en mi retiro yermo 
    tener, Fuensanta, la condescendencia 
    de tus bondades a mi amor enfermo 
    como plenaria y última indulgencia!

    México en el arte, 1949


    SER UNA CASTA PEQUEÑEZ

    A Alfonso Cravioto
    Fuérame dado remontar el río 
    de los años, y en una reconquista 
    feliz de mi ignorancia, ser de nuevo 
    la frente limpia y bárbara del niño...

    Volver a ser el arrebol, y el húmedo 
    pétalo, y la llorosa y pulcra infancia 
    que deja el baño por secarse al sol...

    Entonces, con instinto maternal, 
    me subirías al regazo, para 
    interrogarme, Amor, si eras querida 
    hasta el agua inmanente de tu pozo 
    o hasta el penacho tornadizo y frágil 
    de tu naranjo en flor.

    Yo, sintiéndome bien en la aromática 
    vecindad de tus hombros y en la limpia 
    fragancia de tus brazos, 
    te diría quererte más allá 
    de las torres gemelas.

    Dejarías entonces en la bárbara 
    novedad de mi frente 
    el beso inaccesible 
    a mi experiencia licenciosa y fúnebre.

    ¿Por qué en la tarde inválida, 
    cuando los niños pasan por tu reja, 
    yo no soy una casta pequeñez 
    en tus manos adictas 
    y junto a la eficacia de tu boca?

    Sangre devota, 1916


    MI PRIMA AGUEDA

       A Jesús Villalpando
    Mi madrina invitaba a mi prima Agueda 
    a que pasara el día con nosotros, 
    y mi prima llegaba 
    con un contradictorio 
    prestigio de almidón y de temible 
    luto ceremonioso.

    Agueda aparecía, resonante 
    de almidón, y sus ojos 
    verdes y sus mejillas rubicundas 
    me protegían contra el pavoroso 
    luto... 
    Yo era rapaz 
    y conocía la o por lo redondo, 
    y Agueda que tejía 
    mansa y perseverante en el sonoro 
    corredor, me causaba 
    calosfríos ignotos...

    (Creo que hasta la debo la costumbre 
    heroicamente insana de hablar solo.)

    A la hora de comer, en la penumbra 
    quieta del refectorio, 
    me iba embelesando un quebradizo 
    sonar intermitente de vajilla 
    y el timbre caricioso 
    de la voz de mi prima. 
       Agueda era 
    (luto, pupilas verdes y mejillas 
    rubicundas) un cesto policromo 
    de manzanas y uvas 
    en el ébano de un armario añoso.

    La sangre devota, 1916


    ME ESTÁS VEDADA TÚ

    ¿Imaginas acaso la amargura 
    que hay en no convivir 
    los episodios de tu vida pura?

    me está vedado conseguir que el viento 
    y la llovizna sean comedidos 
    con tu pelo castaño.

    Me está vedado oír en los latidos 
    de tu paciente corazón (sagrario 
    de dolor y clemencia) 
    la fórmula escondida 
    de mi propia existencia.

    Me está vedado, cuando te fatigas 
    y se fatiga hasta tu mismo traje, 
    tomarte en brazos, como quien levanta 
    a su propia ilusión incorruptible 
    hecha fantasma que renuncia al viaje.

    Despertarás una mañana gris 
    y verás, en la luna de tu armario, 
    desdibujarse un puño 
    esquelético, y ante el funerario 
    aviso, gritarás las cinco letras 
    de mi  nombre, con voz pávida y floja 
    ¡y yo me hallaré ausente 
    de tu final congoja!

    ¿Imaginas acaso 
    mi amargura impotente? 
    Me estás vedada tú... Soy un fracaso 
    de confesor y médico que siente 
    perder a la mejor de sus enfermas 
    y a su más efusiva penitente.

    La sangre devota, 1916


    LA MANCHA DE PÚRPURA

    Me impongo la costosa penitencia 
    de no mirarte en días y días, porque mis ojos, 
    cuando por fin te miren, se aneguen en tu esencia 
    como si naufragasen en un golfo de púrpura, 
    de melodía y de vehemencia.

    Pasa el lunes, y el martes, y el miércoles... Yo sufro 
    tu eclipse, ¡oh creatura solar!, mas en mi duelo 
    el afán de mirarte se dilata 
    como una profecía; se descorre cual velo 
    paulatino; se acendra como miel; se aquilata 
    como la entraña de las piedras finas; 
    y se aguza como el llavín 
    de la celda de amor de un monasterio en ruinas.

    Tú no sabes la dicha refinada 
    que hay en huirte, que hay en el furtivo gozo 
    de adorarte furtivamente, de cortejarte 
    más allá de la sombra, de bajarse el embozo 
    una vez por semana, y exponer las pupilas, 
    en un minuto fraudulento, 
    a la mancha de púrpura de tu deslumbramiento.

    En el bosque de amor, soy cazador furtivo; 
    te acecho entre dormidos y tupidos follajes, 
    como se acecha un ave fúlgida;  y de estos viajes 
    por la espesura, traigo a mi aislamiento 
    el más fúlgido de los plumajes: 
    el plumaje de púrpura de tu deslumbramiento.

    Zozobra, 1919


    DÍA 13

    Mi corazón retrógrado 
    ama desde hoy la temerosa fecha 
    en que surgiste con aquel vestido 
    de luto y aquel rostro de ebriedad.

    Día 13 en que el filo de tu rostro 
    llevaba la embriaguez como un relámpago 
    y en que tus lúgubres arreos daban 
    una luz que cegaba al sol de agosto, 
    así como se nubla el sol ficticio 
    en las decoraciones 
    de los Calvarios de los Viernes Santos.

    Por enlutada y ebria simulaste, 
    en la superstición de aquel domingo, 
    una fúlgida cuenta de abalorio 
    humedecida en un licor letárgico.

    ¿En qué embriaguez bogaban tus pupilas 
    para que así pudiesen 
    narcotizarlo todo? 
      Tu tiniebla 
    guiaba mis latidos, cual guiaba 
    la columna de fuego al israelita.

    Adivinaba mi acucioso espíritu 
    tus blancas y fulmíneas paradojas: 
    el centelleo de tus zapatillas, 
    la llamarada de tu falda lúgubre, 
    el látigo incisivo de tus cejas 
    y el negro luminar de tus cabellos.

    Desde la fecha de superstición 
    en que colmaste el vaso de mi júbilo, 
    mi corazón obscurantista clama 
    a la buena bondad del mal agüero; 
    que si mi sal se riega, irán sus granos 
    trazando en el mantel tus iniciales; 
    y si estalla mi espejo en un gemido, 
    fenecerá diminutivamente 
    como la desinencia de tu nombre.

    Superstición, consérvame el radioso 
    vértigo del minuto perdurable 
    en que su traje negro devoraba 
    la luz desprevenida del cenit, 
    y en que su falda lúgubre era un bólido 
    por un cielo de hollín sobrecogido...

    Zozobra, 1919


    MI CORAZÓN SE AMERITA...

       A Rafael López
    Mi corazón leal, se amerita en la sombra. 
    Yo lo sacara al día, como lengua de fuego 
    que se saca de un ínfimo purgatorio a la luz; 
    y al oírlo batir su cárcel, yo me anego 
    y me hundo en la ternura remordida de un padre 
    que siente, entre sus brazos, latir un hijo ciego.

    Mi corazón leal, se amerita en la sombra. 
    Placer, amor, dolor... todo le es ultraje 
    y estimula su cruel carrera logarítmica, 
    sus ávidas mareas y su eterno oleaje.

    Mi corazón leal, se amerita en la sombra. 
    Es la mitra y la válvula... Yo no me lo arrancaría 
    para llevarlo en triunfo a conocer el día, 
    la estola de violetas en los hombros del alba, 
    el cíngulo morado de los atardeceres, 
    los astros, y el perímetro jovial de las mujeres.

    Mi corazón, leal, se amerita en la sombra. 
    Desde una cumbre enhiesta yo lo he de lanzar 
    como sangriento disco a la hoguera solar. 
    Así extirparé el cáncer de mi fatiga dura, 
    seré impasible por el Este y el Oeste, 
    asistiré con una sonrisa depravada 
    a las ineptitudes de la inepta cultura, 
    y habrá en mi corazón la llama que le preste 
    el incendio sinfónico de la esfera celeste.

    Zozobra, 1919


    TIERRA MOJADA...

    Tierra mojada de las tardes líquidas 
    en que la lluvia cuchichea 
    y en que se reblandecen las señoritas, bajo 
    el redoble del agua en la azotea...

    Tierra mojada de las tardes olfativas 
    en que un afán misántropo remonta las lascivas 
    soledades del éter, y en ellas se desposa 
    con la ulterior paloma de Noé; 
    mientras se obstina el tableteo 
    del rayo, por la nube cenagosa...

    Tarde mojada, de hábitos labriegos, 
    en la cual reconozco estar hecho de barro, 
    porque en sus llantos veraniegos, 
    bajo el auspicio de la media luz, 
    el alma se licúa sobre los clavos 
    de su cruz...

    Tardes en que el teléfono pregunta 
    por consabidas náyades arteras, 
    que salen del baño al amor 
    a volcar en el lecho las fatuas cabelleras 
    y a balbucir, con alevosía y con ventaja, 
    húmedos y anhelantes monosílabos, 
    según que la llovizna acosa las vidrieras...

    Tardes como una alcoba submarina 
    con su lecho y su tina; 
    tardes en que envejece una doncella 
    ante el brasero exhausto de su casa, 
    esperando a un galán que le lleve una brasa; 
    tarde en que descienden 
    los ángeles, a arar surcos derechos 
    en edificantes barbechos; 
    tardes de rogativa y de cirio pascual; 
    tardes en que el chubasco 
    me induce a enardecer a cada una 
    de las doncellas frígidas con la brasa oportuna; 
    tardes en que, oxidada

    la voluntad, me siento 
    acólito del alcanfor, 
    un poco pez espada 
    y un poco San Isidro Labrador...

    Zozobra, 1919


    HORMIGAS

    A la cálida vida que transcurre canora 
    con garbo de mujer sin letras ni antifaces, 
    a la invicta belleza que salva y que enamora, 
    responde, en la embriaguez de la encantada hora, 
    un encono de hormigas en mis venas voraces.

    Fustigan el desmán del perenne hormigueo 
    el pozo del silencio y el enjambre del ruido, 
    la harina rebanada como doble trofeo 
    en los fértiles bustos, el Infierno en que creo, 
    el estertor final y el preludio del nido.

    Mas luego mis hormigas me negarán su abrazo 
    y han de huir de mis pobres y trabajados dedos 
    cual se olvida en la arena un gélido bagazo; 
    y tu boca, que es cifra de eróticos denuedos, 
    tu boca, que es mi rúbrica, mi manjar y mi adorno, 
    tu boca, en que la lengua vibra asomada al mundo 
    como réproba llama saliéndose de un horno, 
    en una turbia fecha de cierzo gemebundo 
    en que ronde la luna porque robarte quiera, 
    ha de oler a sudario y a hierba machacada, 
    a droga y a responso, a pabilo y a cera.

    antes de que deserten mis hormigas, Amada, 
    déjalas caminar camino de tu boca 
    a que apuren los viáticos del sanguinario fruto 
    que desde sarracenos oasis me provoca.

    Antes de que tus labios mueran, para mi luto, 
    dámelos en el crítico umbral del cementerio 
    como perfume y pan y tósigo y cauterio.

    Zozobra, 1919


    IDOLATRÍA

    La vida mágica se vive entera 
    en la mano viril que gesticula 
    al evocar el seno o la cadera, 
    como la mano de la Trinidad 
    teológicamente se atribula 
    si el Mundo parvo, que en tres dedos toma, 
    se le escapa cual un globo de goma.

    Idolatremos todo padecer, 
    gozando en la mirífica mujer.

    Idolatría 
    de la expansiva y rútila garganta, 
    esponjado liceo 
    en que una curva eterna se suplanta 
    y en que se instruye el ruiseñor de Alfeo.

    Idolatría 
    de los dos pies lunares y solares 
    que lunáticos fingen el creciente 
    en la mezquita azul de los Omares, 
    y cuando van de oro son un baño 
    para la Tierra, y son preclaramente 
    los dos solsticios de un único año.

    Idolatría 
    de la grácil rodilla que soporta, 
    a través de los siglos de los siglos, 
    nuestra cabeza en la jornada corta.

    Idolatría 
    de las arcas, que son 
    y fueron y serán horcas caudinas 
    bajo las cuales rinde el corazón 
    su diadema de idólatras espinas.

    Idolatría 
    de los bustos eróticos y místicos 
    y los netos perfiles cabalísticos.

    Idolatría 
    de la bizarra y música cintura, 
    guirnalda que en abril se transfigura, 
    que sirve de medida 
    a los más filarmónicos afanes, 
    y que asedian los raucos gavilanes 
    de nuestra juventud embravecida.

    Idolatría 
    del peso femenino, cesta ufana 
    que levantamos entre los rosales 
    por encima de la primera cana, 
    en la columna de nuestros felices 
    brazos sacramentales.

    Que siempre nuestra noche y nuestro día 
    clamen: ¡Idolatría! ¡Idolatría!

    Zozobra, 1919


    TODO...

       A José D. Frías
    Sonámbula y picante, 
    mi voz es la gemela 
    de la canela.

    Canela ultramontana 
    e islamita, 
    por ella mi experiencia 
    sigue de señorita.

    Criado con ella, 
    mi alma tomó la forma 
    de su botella.

    Si digo carne o espíritu, 
    paréceme que el diablo 
    se ríe del vocablo; 
    mas nunca vaciló 
    mi fe si dije "yo".

    Yo, varón integral, 
    nutrido en el panal 
    de Mahoma 
    y en el que cuida Roma 
    en la Mesa Central.

    Uno es mi fruto: 
    vivir en el cogollo 
    de cada minuto.

    Que el milagro se haga, 
    dejándome aureola 
    o trayéndome llaga.

    No porto insignias 
    de masón 
    ni de Caballero 
    de Colón.

    A pesar del moralista 
    que la asedia 
    y sobre la comedia 
    que la traiciona, 
    es santa mi persona, 
    santa en el fuego lento 
    con que dora el altar 
    y en el remordimiento 
    del día que se me fue 
    sin oficiar.

    En mis andanzas callejeras 
    del jeroglífico nocturno, 
    cuando cada muchacha 
    entorna sus maderas, 
    me deja atribulado 
    su enigma de no ser 
    ni carne ni pescado.

    Aunque toca al poeta 
    roerse los codos, 
    vivo la formidable 
    vida de todas y de todos; 
    en mí late un pontífice 
    que todo lo posee 
    y todo lo bendice; 
    la dolorosa Naturaleza 
    sus tres reinos ampara 
    debajo de mi tiara; 
    y mi papal instinto 
    se conmueve 
    con la ignorancia de la nieve 
    y la sabiduría del jacinto.

    Zozobra, 1919


    HUMILDEMENTE

       A mi madre y a mis hermanas
    Cuando me sobrevenga 
    el cansancio del fin, 
    me iré, como la grulla 
    del refrán, a mi pueblo, 
    a arrodillarme entre 
    las rosas de la Plaza, 
    los aros de los niños 
    y los flecos de seda de los tápalos.

    A arrodillarme en medio 
    de una banqueta herbosa, 
    cuando sacramentando 
    al reloj de la torre, 
    de redondel de luto 
    y manecillas de oro, 
    al hombre y a la bestia, 
    al azahar que embriaga 
    y a los rayos del sol. 
    aparece en su estufa el Divinísimo.

    Abrazado a la luz 
    de la tarde que borda, 
    como al hilo de una 
    apostólica araña, 
    he de decir mi prez 
    humillada y humilde, 
    más que las herraduras 
    de las mansas acémilas 
    que conducen al Santo Sacramento.

    "Te conozco, Señor, 
    aunque viajas de incógnito, 
    y a tu paso de aromas 
    me quedo sordomudo, 
    paralítico y ciego, 
    por gozar tu balsámica presencia.

    "Tu carroza sonora 
    apaga repentina 
    el breve movimiento, 
    cual si fuesen las calles 
    una juguetería 
    que se quedó sin cuerda. 
    "Mi prima, con la aguja 
    en alto, tras sus vidrios, 
    está inmóvil con un gesto de estatua.

    "El cartero aldeano 
    que trae nuevas del mundo, 
    se ha hincado en su valija.

    "El húmedo corpiño 
    de Genoveva, puesto 
    a secar, ya no baila 
    arriba del tejado.

    "La gallina y sus pollos 
    pintados de granizo 
    interrumpen su fábula.

    "La frente de don Blas 
    petrificóse junto 
    a la hinchada baldosa 
    que agrietan las raíces de los fresnos.

    "Las naranjas cesaron 
    de crecer, y yo apenas 
    si palpito a tus ojos 
    par poder vivir este minuto.

    "Señor, mi temerario 
    corazón que buscaba 
    arrogantes quimeras, 
    se anonada y te grita 
    que yo soy tu juguete agradecido.

    "Porque me acompasaste 
    en el pecho un imán 
    de figura de trébol 
    y apasionada tinta de amapola. 
    "Pero ese mismo imán 
    es humilde y oculto, 
    como el peine imantado 
    con que las señoritas 
    levantan alfileres 
    y electrizan su pelo en la penumbra.

    "Señor, este juguete 
    de corazón de imán, 
    te ama y te confiesa 
    con el íntimo ardor 
    de la raíz que empuja 
    y agrieta las baldosas seculares.

    "Todo está de rodillas 
    y en el polvo las frentes; 
    mi vida es la amapola 
    pasional, y su tallo 
    doblégase efusivo 
    para morir debajo de tus ruedas".

    Zozobra, 1919


    EN MI PECHO FELIZ

    No he buscado poder ni mental, 
    mas viví en una marcha nupcial... 
    Me parece que por amar tanto 
    voy bebiendo una copa de espanto.

    Claroscuro de noche y de día; 
    corazón y cabeza y hombría, 
    los tres nudos que tiene mi ser 
    a la buena y la mala mujer.

    En mi pecho feliz no hubo cosa 
    de cristal, terracota o madera, 
    que abrazada por mí, no tuviera 
    movimientos humanos de esposa.

    ¡Desdichado el que en la hora lunar 
    en su lecho no huele a azahar!

    Desposémonos con la sencilla 
    avestruz, con la liebre y la ardilla...

    El son del corazón, 1919-1921, 1932


    EL SUEÑO DE LOS GUANTES NEGROS

    Soñé que la ciudad estaba dentro 
    del más bien muerto de los mares muertos. 
    Era una madrugada del invierno 
    y lloviznaban gotas de silencio.

    No más señal viviente, que los ecos 
    de una llamada a misa, en el misterio 
    de una capilla oceánica, a lo lejos.

    De súbito me sales al encuentro, 
    resucitada y con tus guantes negros.

    Para volar a ti, le dio su vuelo 
    el Espíritu Santo a mi esqueleto.

    Al sujetarme con tus guantes negros 
    me atrajiste al océano de tus seno, 
    y nuestras cuatro manos se reunieron 
    en medio de tu pecho y de mi pecho, 
    como si fueran los cuatro cimientos 
    de la fábrica de los universos.

    ¿Conservabas tu carne en cada hueso? 
    El enigma de amor se veló entero 
    en la prudencia de tus guantes negros.

    ¡Oh, prisionera del valle de México! 
    Mi carne...  de tu ser perfecto 
    quedarán ya huesos en mis huesos; 
    y el traje, el traje aquel, con que tu cuerpo 
    fue sepultado en el valle de México; 
    y el figurín aquel, de pardo género 
    que compraste en un viaje de recreo...

    Pero en la madrugada de mi sueño, 
    nuestras manos, en un circuito eterno 
    la vida apocalíptica vivieron.

    Un fuerte... como en un sueño, 
    libre como cometa, y en su vuelo 
    la ceniza y... del cementerio 
    gusté cual rosa...

    El son del corazón, 1919-1921, 1932

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