miércoles, 5 de septiembre de 2012

Corrido a la Muerte de Zapata

Escuchen, señores, oigan el corrido,
de un triste acontecimiento;
pues en Chinameca fue muerto a mansalva
Zapata, el gran insurrecto.

Abril de mil novecientos
diecinueve, en la memoria
quedarás del campesino
como una mancha en la historia.

Campanas de Villa Ayala,
¿por qué tocan tan dolientes?
–Es que ya murió Zapata
y era Zapata un valiente.

El buen Emiliano que amaba a los pobres
quiso darles libertad;
por eso los indios de todos los pueblos
con él fueron a luchar.

De Cuautla a Amecameca,
Matamoros y el Ajusco,
con los pelones del viejo
don Porfirio se dio gusto.

Trinitaria de los campos
de las vegas de Morelos,
si preguntan por Zapata,
di que ya se fue a los cielos.

Le dijo Zapata a don Pancho Madero,
cuando ya era gobernante:
–Si no das tierras, verás a los indios
de nuevo entrar en combate.

Se enfrentó al señor Madero,
contra Huerta y a Carranza,
pues no le querían cumplir
su plan que era el Plan de Ayala.

Corre, corre, conejito,
cuéntales a tus hermanos:
Ya murió el señor Zapata,
el coco de los tiranos.

Montando con garbo en yegua alazana,
era charro de admirar;
y en el coleadero era su mangana
la de un jinete cabal.

Toca la charanga un son
de los meros abajeños;
rueda un toro por la arena,
pues Zapata es de los buenos.

Una rana en un charquito
canta en su serenata:
–¿Dónde hubo un charro mejor
que mi general Zapata?

Con mucho entusiasmo aplaude la gente,
hasta niñas concurrieron,
que el jefe Zapata y sus generales
dondequiera se lucieron.

Con jaripeo celebraba
su victoria en la refriega
y entre los meros surianos,
que es un charro, nadie lo niega.

Camino de Huehuetoca
preguntaba así un turpial:
–Caminante, ¿qué se hizo
del famoso caporal?

Nació entre los pobres, vivió entre los pobres
y por ellos combatía,
–No quiero riqueza, yo no quiero honores–
a todos así decía.

En la toma de Jojutla
dice un mayor a su gente:
–Tráete al general García
que le entre conmigo al frente.

A la sombra de un guayabo
cantaban dos chapulines:
–¡Ya murió el señor Zapata,
terror de los gachupines!

Cuando acaba la refriega
perdona a los prisioneros,
a los heridos los cura
y a los pobres da dinero.

Estrellita que en las noches
te prendes de aquellos picos,
¿dónde está el jefe Zapata
que era azote de los ricos?

Cuando yo haya muerto –dice a un subalterno–
les dirás a los muchachos:
–Con l’ arma en la mano defiendan sus ejidos
como deben ser los machos.

Dice a su fiel asistente
cuando andaba por las sierras:
–Mientras yo viva, los indios
serán dueños de sus tierras.

Amapolita olorosa
de las lomas de Guerrero,
no volverás a ver nunca
al famoso guerrillero.

Con gran pesadumbre le dice a su vieja:
–Me siento muy abatido,
pues todos descansan, yo soy peregrino,
como pájaro sin nido.

Generales van y vienen
dizque para apaciguarlo;
y no pudiendo a la buena
un plan ponen pa’ engañarlo.

Canta, canta, gorrioncito,
di en tu canción melodiosa;
–Cayó el general Zapata
en forma muy alevosa.

Don Pablo González ordena a Guajardo
que le finja un rendimiento,
y al jefe Zapata disparen sus armas
al llegar al campamento.

Guajardo dice a Zapata:
–Me le rindo con mi tropa,
en Chinameca lo espero,
tomaremos una copa.

Arroyito revoltoso,
¿qué te dijo aquel clavel?
–Dice que no ha muerto el jefe,
que Zapata ha de volver.

Abraza Emiliano al felón Guajardo
en prueba de su amistad,
sin pensar el pobre que aquel pretoriano
lo iba a sacrificar.

Y tranquilo se dirige
a la hacienda con su escolta;
los traidores le disparan
por la espalda a quemarropa

Jilguerito mañanero
de las cumbres soberano,
¡mira en qué forma tan triste
ultimaron a Emiliano!

Cayó del caballo el jefe Zapata
y también sus asistentes.
Así en Chinameca perdieron la vida
un puñado de valientes.

Señores, ya me despido,
que no tengan novedad
Cual héroe murió Zapata
por dar Tierra y Libertad.

A la orilla de un camino
había una blanca azucena,
a la tumba de Zapata
la llevé como ofrenda...

.

La adelita - Corrido revolucionario

En lo alto de una abrupta serranía
apostado se encontraba un regimiento
y una moza que valiente lo seguía,
locamente enamorada del sargento.

Popular entre la tropa era Adelita,
las mujer que el sargento idolatraba,
porque a más de ser valiente era bonita,
y hasta el mismo coronel la respetaba.

Y se oía, que decía,
aquel que tanto la quería:
Soy soldado y la Patria me llama
para sus campos, que vaya a pelear

Adelita, Adelita de mi alma,
no me vayas por Dios a olvidar.
Si Adelita se fuera con otro,
la seguiría por tierra y por mar,
si por mar en un buque de guerra,
si por tierra en un tren militar.

Y si Adelita quisiera ser mi novia,
y si Adelita fuera mi mujer,
le compraría un vestido de seda
para llevarla a bailar al cuartel.

Carabina 30-30 Corrido revolucionario

Con mi treinta treinta me voy a alistar
y engrosar las filas de la rebelión,
para conquistar, conquistar libertad,
a los habitantes de nuestra nación.

Con mi treinta treinta me voy a pelear
y a ofrecer la vida en la revolución,
si mi sangre piden, mi sangre la doy,
por los habitantes de nuestra nación.

Carabinas treinta treinta
que cargamos los rebeldes
que viva el Señor Madero
desde´l veinte de noviembre.

Gritaba Francisco Villa:
¿Dónde te hallas Argumedo?
Nos veremos en Bachimba
tú que nunca tienes miedo.

Madre mía de Guadalupe,
tú me has de favorecer,
para no rendir las armas
hasta morir o vencer.

Ya nos vamos pa´ Chihuahua
ya se va tu negro santo,
si me “quebra” alguna bala
ve a llorarme al camposanto.

La soldadera, Poesia revolucionaria

Vente mi Juana, vente conmigo,
que la campaña ya va a empezar,
serán tus ojos mi solo abrigo
y al enemigo sabré matar.

Mi Juana ¿no oyes a los clarines
cómo vibrantes tocan reunión?
De los caballos flotan las crines
y está en maitines mi corazón.

Voy con orgullo tras mi bandera
y te aseguro que he de triunfar,
si está repleta mi cartuchera,
mi soldadera me ha de animar.

Si me atraviesan en el combate
y muerto queda tu zapador,
recoge mi alma, busca el empate,
aunque te mate vil invasor.

Mas cuando el triunfo ya se decida
y haya ganado mi batallón,
busca mi cuerpo, bien de mi vida,
pon en mi herida tu corazón.

Mas si las balas, aunque certeras,
mi alma respetan, y mi valor,

te haré unas naguas o lo que quieras
con las banderas del invasor.

Y cuando el triunfo se determine,
después de todo te pienso hacer
unos aretes con sus medallas,
a ver si te hallas a tu placer.

Calavera a Francisco I. Madero

De la Hacienda del Rosario
un “tremendo” vinatero
con arrojo temerario
y amor patrio verdadero,

partió heroico y decidido
a recorrer las ciudades,
a hablarle al pueblo oprimido
de sus santas libertades.

Y el “tremendo” vinatero,
“terror” de la aristocracia,
fue don Francisco I. Madero,
genio de la democracia.

Pues bien, Panchito se ha muerto:
¿Qué cómo? Voy a decirlo,
y mi relato es tan cierto

que no podrán desmentirlo.

Un montón de calaveras
hicieron los maderistas,
en poblaciones distintas
con sus balas tan certeras.

Calaveras, a millares,
hicieron, en la trifulca,
en Puebla y en Ciudad Juárez,
Chihuahua, Cuautla y Pachuca.

Y con sin igual fortuna
siguió avanzando Madero…
¡Él era otro en la tribuna!
El más “águila” y “parlero”.

Al pueblo le prometió:
romper las duras cadenas,
causa de todas sus penas
y ese pueblo lo siguió….

Después de las elecciones,
tuvo el “puesto preferente”.
Pero hubo muchas cuestiones
por el vicepresidente.

Madero a todos decía
en discursos “singulares”
que al pueblo le convenía
elegir a Pino Suárez...

Tal fue siempre su opinión.
Y se debe convenir

en que lo quiso decir
porque era su convicción.

Más decían que era “palero”
y “empinado” y... ¡qué sé yo!
¡Tantas cosas le dijeron,
Que “Panchito” se enfermó!

Don Emiliano Zapata,
de oír la calumnia llora,
de la gente tan “ingrata”
se convirtió en calavera…

Y los pobres “peladitos”
viendo llegar la de malas
se pusieron bien bonitos
con aguardiente de Parras.

Y los bravos maderistas,
que se batieron de veras,
unidos a los pancistas,
se volvieron calaveras.

Sánchez Azcona también
a causa de su sordera,
en ese horrible va-y-ven,
se convirtió en calavera….

Chucho Urueta falleció
de laringitis aguda…
Sería “a resulta” sin duda,
de algún discurso que “echó”.

 

Y perdiendo la salud,
don Gustavo y don Ernesto,
también de tristeza han muerto
de ver tanta “ingratitud”.

Y todos ellos, sin excepción,
tanta bilis derramaron,
que en calaveras pararon
y hoy están en el panteón.

La muerte, que es buena “parcia”,
no quiso que otros gozaran
el pan de la “democracia”
que los muertos les dejaran.

Y arremetió con furor
y con impulsos terríficos
contra todos los “científicos”
que ya causaban terror.

A Vázquez Gómez hirió
con su guadaña iracunda,
y en una fosa profunda
sin piedad lo sumergió.

Sólo a Zúñiga y Miranda
no le quiso hincar el diente…
Quién quita y al rato, salga
elegido… Presidente…

Poema contra Porfirio Díaz

 

Nunca me acaba de coger de nuevo,
que siendo tan bueno y compasivo,
al subir al poder ejecutivo
en ti mismo encontraras el relevo.

Hoy al mirar tus gracias me conmuevo,
te has vuelto engañador superlativo,
voluntarioso, indómito, nocivo
y otras mil cosas que decir no debo.

 

Con el pueblo infeliz haces adobo
a la nación la tratas como nabo,
ya no vale la ley un gordolobo.

 

Todo contigo sufre menoscabo
y como ya te tienen hecho el bobo,
seguro nos desuellas hasta el rabo.

Poema el Piojo

Que el lunes me pica un piojo y hasta el martes lo agarré,
para poderlo amarrar cuatro reatas reventé.
Para poderlo alcanzar ocho caballos cansé,
para poderlo matar cuatro cuchillos quebré.

Para poderlo guisar a todo el pueblo invité,
de los huesos que quedaron un potrerito cerqué.
De camino para León iba con un zapatero,
y ya me daba el ingrato veinte pesos por el cuero.

El cuerito del piojito lo quiero para botines,
para hacerle su calzado a esa bola de catrines.
El cuerito no lo vendo, lo quiero para tacones,
para hacerle su calzado a esa bola de ca…rteras,
y carteritas, bolsitas, para guardar,
volantes, los necesarios, y poderme organizar.

Que el lunes me pica un piojo y hasta el martes lo agarré,
para poderlo amarrar cuatro reatas reventé.
Para poderlo alcanzar ocho caballos cansé,
para poderlo matar cuatro cuchillos quebré.

Para poderlo guisar a todo el pueblo invité,
de los huesos que quedaron un potrerito cerqué.
De camino para León iba con un zapatero,
y ya me daba el ingrato veinte pesos por el cuero.

El cuerito del piojito lo quiero para botines,
para hacerle su calzado a esa bola de catrines.
El cuerito no lo vendo, lo quiero para tacones,
para hacerle su calzado a esa bola de cabrones,
y cabroncitos, hijitos de su mamá,
que roban lo necesario, para que pobre siga mi apá.

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